Jesús, mi Señor y Redentor, yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón, porque con ellos ofendí a un Dios tan bueno.

Propongo firmemente no volver a pecar y confío que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis culpas y me has de llevar a la vida eterna. Amén.

¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concédeme un corazón semejante al tuyo, y la gracia que te pido, si es para mayor gloria de Dios, tu sagrada devoción y el bien de mi alma. Amén.

«Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué duermen? Levántense, y oren para que no caigan en tentación» (Lc 22, 44-46).

«Con el don de fortaleza, en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos… No hay que pensar que el don de fortaleza es necesario sólo en algunas ocasiones o situaciones especiales. Este don debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, en el ritmo ordinario de nuestra vida cotidiana. Como he dicho, todos los días de la vida cotidiana debemos ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestra fe» (Papa Francisco, Audiencia general, 14 de mayo de 2014).

Sagrado Corazón de Jesús, tú conoces nuestras necesidades e intenciones. Nos has dicho: “pidan y se les dará”, lo hago con fe sincera y te confío esta petición… Todo lo espero de tu infinita bondad si es para tu gloría y para nuestro bien. Amén

Corazón de Jesús, manantial inagotable de gracia, amor y paz. Corazón del que nació la Iglesia, gracias por recibirme en ella en el bautismo. Gracias por mostrarme en ella el rostro de tu Padre. Gracias por enviarnos tu Espíritu Santo que nos congrega y construye. Gracias por continuar ofrendándote diariamente en la Eucaristía que une y alimenta. Yo me entrego y consagro a ti. Quiero vivir a plenitud mis promesas bautismales. Adéntrame, Señor Jesús, en tu Corazón. Cámbiame este corazón de piedra. Que se parezca al tuyo para que no quiera hacer ya más mi voluntad, sino, como Tú, la del Padre. Préstame tu Corazón herido, tu corazón fuerte, para que aprenda a entregarme entero y sin reservas a la empresa de que venga a nosotros tu Reino de justicia, de amor y de paz. Amén.

Señor Jesús, que revelaste a Santa Margarita María tu Corazón apasionado de amor por todos y cada uno de los hombres en particular. Tú nos invitas a beber de la fuente de tu Corazón que hoy permanece abierto más que nunca.

En este sacramento del Amor que es la Eucaristía, te ofrecemos nuestros trabajos y cansancios; que encontremos en Ti nuestro descanso.

Te presentamos nuestros sufrimientos y heridas: consuélanos y cúranos.

Te mostramos nuestra dureza de corazón: haznos mansos y humildes.

Ponemos ante Ti nuestras ingratitudes e indiferencias: que te devolvamos amor por amor

Te expresamos nuestra sed de amarte y anunciarte: envíanos el poder de tu Espíritu Santo.

Señor, nos consagramos a tu Corazón, horno ardiente de caridad. 

Haznos instrumentos que atraigan los corazones a tu Amor. 

Haznos arder en tu amor compasivo que nos haga testigos ante el mundo de este Corazón que nos ha amado tanto.