Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío: por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberte ofendido; también me pesa porque puedes castigarme con las penas eternas del infierno. Ayudado de tu divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Glorioso San Antonio de Padua, hijo esclarecido del gran padre y patriarca San Francisco de Asís: si es para mayor gloria de Dios, honor del santo y provecho de mi alma, que yo consiga la gracia que te pido en esta novena. Alcánzala del Señor, y si no, ordena mi petición, con todos mis pensamientos, palabras y obras a mayor gloria de Dios.

Jesús mío, te ofrezco los méritos de San Antonio de Padua, y por el don de hacer milagros en vida y después de muerto que le concediste y le valió el ser canonizado por el Papa Gregorio IX, un año después de su muerte, concédeme la gracia de verme libre de todas las enfermedades y trabajos de esta vida, y la que te pido en esta novena, si ha de ser para mayor gloria de Dios, honor del santo y bien de mi alma. Amén.

¡Oh mansedumbre de la piedad divina, paciencia de la benignidad del Padre, profundo e insondable misterio de los designios eternos! Veías, Padre, que a tu Unigénito, igual a ti, le ataban a la columna como a un bandido y le azotaban como a un homicida. ¿Cómo te pudiste contener? Te damos gracias, Padre Santo, por habernos liberado de las cadenas del pecado y de los azotes del diablo por medio de las cadenas y azotes de tu querido Hijo. Pero, desgraciadamente, Poncio Pilato azota de nuevo a Jesucristo… Aún más: fue manchado con salivazos de los judíos. Dice San Mateo: Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle. ¡Oh Padre, la cabeza de tu Hijo Jesús, que hace temblar a los ángeles, es golpeada con una caña; su rostro, que los ángeles desean contemplar, es manchado con salivazos, abofeteado; su barba es arrancada; le dan puñetazos, ¡lo arrastran por los cabellos! Y tú, oh clementísimo, callas, disimulas y prefieres que Uno, tu Único, sea de tal modo escupido y abofeteado antes que toda la nación perezca. Honor y gloria a ti, porque con las escupiduras, los puñetazos y las bofetadas que recibió tu Hijo Jesús nos preparaste una triaca para expulsar el veneno de nuestra alma.

Te pedimos, Señor Jesús, que tú, el buen Pastor, nos guardes a nosotros, tus ovejas, nos defiendas del mercenario y del lobo, y nos corones en tu reino con la corona de la vida eterna. Ayúdanos tú, que eres bendito, glorioso y laudable por los siglos de los siglos. Que diga toda ovejita, toda alma fiel: Amén, Aleluya.

¡Oh glorioso San Antonio de Padua: Bien conozco que no soy digno de que el Señor me atienda por lo mucho que le he ofendido; pero humillado y confundido me acerco al trono de su Divina Gracia, confiando en tu mediación te ruego, santo mío, que hagas la gracia de hacer mis veces delante de su Divina Majestad, y me alcances… (petición, se hace una pausa en silencio) y para más obligarte te ofrezco mis oraciones a fin de que te compadezcas de mí y me libres de la presente necesidad, si ha de ser para gloria de Dios y bien de mi alma. Presenta tus méritos en mi favor; sé mi abogado delante del Señor que te dio tanto poder y te distinguió con tanta predilección y decide la causa en bien mío. Así sea.